jueves, 30 de diciembre de 2010

POR LAS CATEDRALES DE ORDESA

Tenemos un relato escepcional de nuestro amigo José Joaquín Berdún. Una escursión casi invernal por el valle de Ordesa. "LAS CATEDRALES DE ORDESA".
Las fotografías son del mismo autor. ¡¡¡¡¡¡Muchas gracias J.J. ¡¡¡¡¡¡¡


El día era insultante. No voy a decir insultantemente bello, porque eso es un tópico y porque además cada uno lo siente de distinta forma. Un día como aquel, sin una nube en el cielo, puede resultar hermoso para muchos y una sosada para otros.


Era insultante porque era de esos días que te retan en plan chulo. “Te voy a ofrecer de todo. A ver si eres capaz de sentirlo”. Esos días al principio me mosquean, no creáis, pero luego, cuando uno se rinde al maleficio del esplendor… pues eso, que te rindes.

Era noviembre. De mañana temprana. Hacía frío en el valle. Estábamos en Ordesa y allí se le tiene más respeto a todo.

Por eso uno no se atreve a calificar casi nada. Unas veces te quedas corto, otras no sabes y otras estás alelado mirando el enésimo arroyo gracioso que canta con voz indescifrable.

Lo mejor es que el rumbo lo fije el silencio. En esos días de aire helado que te corta el rostro, los ruidos se acurrucan y salen sólo de vez en cuando, como a estallidos secos, como de hielo. Todo parece en calma, recién hibernado. Pero es una treta de la naturaleza que en esa época juega al escondite, lo mismo que en primavera va de exhibicionista descarada.



Por el camino del bosque que conduce a Carriata pesaba un silencio de mentira. No había un gramo de viento y estaba todo tan quieto que era imposible. En la falsa calma chicha montañesa parecía sentirse el susurro de la gota que se deslizaba por la hoja del pino hasta caer en tu cuello en forma de puñalada glacial. El chasquido de la rama aplastada bajo tu bota semejaba un estallido: ¡crak!. Y luego ¡blof! o ¡chof! o ¡ñeeec!. Eso era la nieve bajo nuestros pies, que sonaba diferente si estaba helada, blanda o acuosa.

Ese camino es empinado y húmedo. Por momentos se confunde el sudor con la rosada. Y cuando paras, te sale humo de las mangas y del pecho. Y te embriagas, porque hueles raro, o sea, mal, y porque el bosque huele tanto y habla tanto que la capacidad de asimilación se diluye por los verdes. Esos bosques de pinos y abetos son un mareo de verdes, de musgos, de piedras verdes, de pájaros verdes, de troncos medio verdes, de brumas verdes.



Salimos del bosque. Se abre un ventanal gigante y ¡zas! un sol blanco que rebota en el Tozal del Mallo. Ese roquedal enhiesto parece la trempera marinera de Carriata. ¡Madre mía, que vigor! Si el día era chulo, este es un macarra. Pero como es tan guapo, nadie le molesta. Al contrario, las ganas de cortarlo o dinamitarlo o chuparlo que te dan nada más verlo se transforman enseguida en un deseo sobrenatural de que te posea, de que te traspase con sus agujas hasta matarte de placer.

Para no caerte redondo del susto miras hacia la derecha. Pero casi es peor. En una umbría solemne se despereza majestuoso el circo. Te quedas paralizado esperando que hable, que bostece, que te diga algo discernible, que gima. Pero allí sólo hay enigma, un silencio encerrado en un arcano de hace miles de años. ¿De dónde ha salido semejante sinfonía de tonos, grietas, praderas, cielos, torrentes, paredes…? Es el desorden más cincelado que te puedas imaginar. Un caos perfectamente alineado, donde los riscos le hacen arrumacos al cielo, mientras los dos se mofan de tu impotencia, de tu incapacidad para comprender el espectáculo. Es un enorme rincón de lujuria sobrenatural.



Paramos. Comemos y bebemos. Aunque el momento invitaba a otras actividades. Pero yendo por la montaña lo mejor es ir bien avituallado. Aunque no se sepa muy bien para qué.



Seguimos andando. El camino ahora apenas sube. Va por la faja de Racón. Esto de las fajas en la montaña siempre me ha hecho mucha gracia. Faja remite a constreñido, apretado. Pero yo a estos paredones los veo bastante sueltos, de hecho, van soltando pedruscos cada dos por tres, ajustados como están, eso sí, a los cánones del sol, de la lluvia o del viento. Su único ajuste. ¿Será por eso lo de las fajas? Bueno, qué más da. Quizá tiene que ver con la lujuria mágica que se olfatea en todo ese entorno, que de tan bonito parece de ficción. Supongo que a los que las bautizaron, que serían varones, claro, les pusieron cachondos pero les dio vergüenza llamarles bragas o ligueros (entonces se usaban, eh) y eligieron un término más discreto, menos evidente. Aunque podían haber sido más finos y haberles llamado corpiños.



¡Eso, eso, corpiño! Tomamos el camino del corpiño de Racón, que es una senda estrecha, humillada a los pies de las bravuras del Gallinero (el Gallinero es el nombre real del macizo, no es ninguna imagen pseudo literaria a las que soy tan aficionado). Lo de Gallinero le debe venir de que aquellas rocas están en permanente alboroto (de quebrantahuesos, no de gallinas), y en permanente ascensión a la nada mientras van soltando pedruscos ladera abajo.

Vas por Racón. Te topas con un paredón. Te quedas sin habla. Quieres transmitirle tu humilde y respetuoso saludo. Lo miras, pero como estás a sus pies, empiezas a elevar tu ángulo de visión buscándole el rostro para que vea tu expresión servil y atolondrada y no se mosquee. Te vas inclinando hacia atrás. Pero su rostro no asoma porque las paredes no son verticales, no. Están inclinadas hacia el valle, con extraplomos retadores, esos que en verano se pueblan de escaladores esquizofrénicos e irreverentes, empeñados en saltarse las leyes de la física. Algunos lo consiguen. Y tú sigues echándote hacia atrás. Primero, el cuello. Luego, la espalda. Metes el culo hacia delante y al final… ¡zas! te vence tu propio peso y caes en posición supina bajo el risco.



Crees que te ha llegado la hora, pero te levantas con torpeza, te sacudes la nieve y sigues andando. No sin antes haber escuchado la risotada de uno de esos árboles imposibles que crecen en horizontal desde una grieta del roquedal. Su afán por cotillear todo lo que pasa en el valle es superior a su vértigo. Les llaman vigías. Pero no lo son. Son cotillas, allí, asomados a ver si pueden disfrutar con el espectáculo del algún escalador destripado doscientos metros más abajo, o viendo cómo nos rebotamos hacia el abismo algún montañero desprevenido que da un mal paso en la senda del corpiño.



Seguimos. ¡Andá! Una familia de sarrios asoma por entre las rocas. Mirada displicente a la vez que cautelosa, y en el fondo, misericorde. Nos ignoran elegantemente pese a todos los intentos bárbaros (gritos, ruidos, silbidos) por que se meneen y nos obsequien con unos cuantos brincos de miedo. Nada. Pues nada, señores sarrios, a plantar fuerte.

Con el eco de la displicencia de los sarrios en el cerebro, miras hacia atrás. Y la visión te palidece el alma. Es como si estuvieras viendo una colección de catedrales a tamaño gigantesco.

Catedrales que desafían todas las leyes del universo, sin caerse, bien agarradas a los cimientos de la Tierra. Y la luz del sol que se cuela desde el final del valle que se tumba en dirección este-oeste. Y la nieve al fondo. Y el verde (otra vez). Y los pardos. Y los grises. Y el silencio. Y la rendición ante un momento inabarcable.

Seguimos adelante. El camino se esconde detrás de un pino gigantesco con dos troncos y cientos de ramas. ¿Y este qué hace aquí?, piensas, cuando el que se hace la misma pregunta es él, pero referida a ti. El árbol majestuoso que guarda el sendero es un aviso. ¿Qué haces tú aquí? Miras a tu alrededor y confirmas que eres un elemento extraño, ajeno y pervertidor del equilibrio caótico que gobierna ese entorno encantado.



¡Qué calor! Es noviembre y tienes que ir en manga corta. Y con nieve a tus pies: ¡blof, blof!, ¡ñeeec, ñeeec!. Algunas rocas invisibles se menean bajo tus pies. Clavas rápidamente el bastón para sortear el desequilibrio.

Seguimos adelante. En un recodo hay una roca que se desploma sobre el camino con una forma sinclinal. Gotea el agua desde la punta y los rayos que filtra recrean un ambiente que parece reservado a las fotos irreales de los manuales. Pero no, está ahí, es real y no tiene dueño ni orden. Increíblemente hermoso. Echamos unas fotos sin truco.



Volvemos a otro bosque de abetos y pinos. Entre dos de ellos asoma un chorro gigantesco de agua. Es la cascada de Cotatuero. Esta sí que saluda con energía. Nada de silencio. Retadora. Le haces una reverencia, le hacemos fotos y almorzamos a sus pies.

Sorteamos el barranco de Cotatuero y ascendemos en busca de la senda que ciñe las murallas de Fraucata. Es la faja de Canarellos, otra faja, otra senda maravillosa que pretende ajustar a otro gigante, al Tobacor, que descansa en el colchón de estos riscos.

Las paredes de Fraucata están llenas de agujeros, de grietas por donde asoman barrancos y negruras. Por allí hablan y te hipnotizan. La cámara de fotos a estas alturas echa fuego. Cortamos praderas que se asoman a riscos, riscos que se asoman al valle, a mil metros bajo nuestros pies.

Sin casi darnos cuenta, el camino llega a un bosque de hayas y empieza a descender. El fondo del valle está umbrío y hace más frío. Los faus (hayas) están ya desnudos, retozando con la nieve que anuncia el invierno. Los duendes se han retirado a echar la siesta en esta primera hora de la tarde. Alrededor sólo hay árboles callados. Se marcharon los riscos. En el bosque sigue el silencio.



Volvemos a casa.

José Joaquín Berdún 
 
 
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